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Miguel de Cervantes

Don Quijote de la Mancha - Resumen por capítulos (Parte II)

Miguel de Cervantes (1547-1616)

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El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Edición digital del Quijote

La acción de la Segunda parte del Quijote comienza cronológicamente un mes después de la segunda vuelta de don Quijote a su casa. Hasta el capítulo 7 sólo hay diálogo: de don Quijote con el cura y el barbero, de don Quijote con Sancho, de este con su mujer. Aparece un nuevo personaje que cobrará gran importancia en la acción, el bachiller Sansón Carrasco, el trastulo (bufón) de las escuelas salmantinas, un personaje carnavalesco y burlón, como lo son los chatos y carirredondos, dice Cervantes.

De manera general podemos decir que todo el argumento de esta Segunda parte se resume en la tercera salida de don Quijote y Sancho. Sansón Carrasco, para curar a don Quijote de su locura, le anima a que haga una tercera salida, con el fin de derrotarlo y obligarle, bajo juramento de caballero, a quedarse definitivamente en su casa y a no salir más por esos mundos. En el capítulo 5 hay un sabroso coloquio entre Sancho y su esposa en el que este trata de convencerla de las ventajas de ser escudero de un caballero andante. Después caballero y escudero salen de nuevo en busca de aventuras.

Antes de empezarlas don Quijote desea ver a Dulcinea y se encamina a El Toboso (cap.9), pero Sancho inventa un encantamiento haciendo creer a don Quijote que Dulcinea es una labradora a quien encuentran en el camino montada en una borriquilla (cap. 10). Don Quijote está abrumado por la transformación de su dama, verdaderamente poco agraciada pero ágil como un alcotán, y agobia a Sancho preguntándole si está seguro de que la labradora es la misma que él ha visto en El Toboso en la Primera parte de la obra. Sancho, pillado en su mentira, no se atreve a acabar de mentir del todo y termina reconociendo a don Quijote que él sólo la había visto «de oídas». Luego acontece el encuentro con el caballero de los espejos y el escudero de las narices (caps. 12-15). El primero no es otro que Sansón Carrasco que, siguiendo su plan, va tras don Quijote para derrotarlo; el escudero es el también paisano Tomé Cecial, que va disfrazado con unas narices de carnaval desmesuradas que tienen aterrorizado a Sancho. Se enfrentan, pero Sansón es derrotado, con lo que su plan se va al garete y don Quijote queda reforzado en su designio de seguir haciendo caballerías andantescas. Después acontece la aventura con los leones y el encuentro con el Caballero del verde gabán, que les invita cortésmente a su casa, donde les agasaja. Este se llama don Diego de Miranda, y es un hidalgo de pueblo que lleva una vida moderada, semejante a como sería la de Alonso Quijano el Bueno si su mente no estuviera sacudida por la quimera caballeresca. No parece que don Quijote esté de acuerdo con esa vida pacífica de don Diego, que además tiene un hijo poeta, el cual lee sus versos a un estusiasmado don Quijote que no cesa de alabarlos. Más tarde asisten a las bodas del rico Camacho (caps. 20-21), un breve episodio intercalado que ya no tiene el carácter de los de la primera parte. Los nuevos episodios están más entretejidos con el hilo principal de la historia, de tal manera que no se perciben como ajenos. Es un fragmento semipastoril que plantea otro «caso de amor». El rico Camacho va a casarse con Quiteria, pero esta ama al pobre Basilio y es amada por él. Basilio finge su suicidio y pide antes de morir como última voluntad que le casen con Quiteria. Camacho no está de acuerdo, pero no se atreve a contradecir la opinión de los asistentes, compadecidos del falso moribundo. Una vez casados, descubren el engaño y los burlados quieren vengarse del burlador, pero don Quijote lo defiende y defiende los derechos del amor verdadero con razones convincentes para todos menos para Sancho, que ve algunas ventajas en que la muchacha se case con Camacho y así participe de sus riquezas y de la buena mesa de la boda, a la que él rinde entusiasmado tributo.

Continúan las aventuras del caballero con el descenso a la cueva de Montesinos (cap. 22), que está muy cercana a las Lagunas de Ruidera, donde don Quijote se ratifica, mediante una revelación soñada de Merlín, en el encantamiento de Dulcinea, lo cual le mantiene en permanente angustia hasta el final del libro. Luego sucede la aventura del rebuzno y el encuentro en una venta con maese Pedro y su retablo. Este no es otro que el bellaco Ginesillo de Pasamonte de la Primera parte, que recorre la Mancha de Aragón disfrazado de gitano con un parche en un ojo. Lleva un mono adivino al hombro y representa en un retablo de títeres el romance de Gaiferos y Melisendra. Cuando los moros están a punto de capturar a los fugados amantes en la representación, don Quijote arremete con su espada y hace trizas el teatrillo de Ginés. Estamos en el capítulo 28.

En el siguiente, la acción da un salto de lugar, desde La Mancha de Aragón al río Ebro. El plan trazado al final de la Primera parte, la asistencia a las justas de Zaragoza, se debe cumplir. Después de la aventura del barco encantado del Ebro, la ilustre pareja se encuentra con una no menos ilustre duquesa que viene en hábito de cazadora.

Comienza ahora un extenso episodio que va desde el capítulo 30 al 57, el episodio de los duques. El ambiente rural en el que hasta entonces se ha desarrollado la vida de los héroes llega por primera vez a una auténtica corte palatina, aunque todo sea un fingimiento de los duques que toman a don Quijote y Sancho como bufones para entretenerse. Son los duques nobles eutrapélicos, propios de su época. Se consideraba correcto que los «caballeros de buen gusto» utilizaran a locos no furiosos, bobos, enanos (véanse Las Meninas, de Velázquez), deficientes y bufones para el entretenimiento de la corte. Por mucho que repugne a la sensibilidad actual, no cabe negar la gracia de un loco para el entretenimiento. Un mayordomo se encargará de organizar las diversiones de los duques y fingirán la aventura de la condesa Trifaldi o de la dueña Dolorida, el vuelo de Clavileño, la profecía del mago Merlín, que crea un tema que reaparecerá continuamente hasta el final: Dulcinea está encantada y para desencantarla Merlín propone la única solución de que Sancho debe recibir tres mil trescientos azotes. Este está abrumado, pero todos, sobre todo don Quijote, le apremian y, después de muchas protestas, consigue la prerrogativa de que se los dará él mismo, aunque el socarrón, cuando por fin decide dárselos cobrándolos a buen precio, se los dará en las cortezas de los árboles.

Por primera vez van a separarse don Quijote y Sancho, porque este va a ser nombrado gobernador de la ínsula anhelada: la ínsula Barataria. El libro se convierte en un auténtico Carnaval: Sancho es recibido en la Ínsula con grandes muestras de entusiasmo, aunque sus súbditos están asombrados de la pequeñez y la gordura del nuevo gobernador. El gobierno tiene también sus sinsabores porque un medico infernal, licenciado por Osuna, don Pedro Recio de Agüero, natural de Tirteafuera, vela por la salud del gobernador y no le deja probar ningún plato en medio de retahílas de aforismos médicos en latín macarrónico. Sancho actúa con prudencia repartiendo justicia entre sus súbditos con mucho sentido común, pero las burlas a que le someten le convencen de su falta de idoneidad para el gobierno, de tal manera que lo abandona, pero, al ir a reunirse con don Quijote, él y su jumento se precipitan en una fosa. Es una alegoría de las caídas de príncipes y de la rueda de la Fortuna. Mientras tanto don Quijote recibe de noche en su aposento la visita de una dama. Él la confunde con la hija del señor del castillo que viene a disfrutar de los encantos del caballero y no sabe cómo salir del apuro, porque tampoco está muy seguro de la idoneidad de su ropa interior para una aventura amorosa; pero resulta ser una atribulada dueña de venerables tocas, doña Rodríguez, que es tan simple que cree que de verdad don Quijote es un «desfacedor de agravios» y viene a que le desfaga uno a ella: su hija, la joven Rodríguez, ha sido seducida y abandonada y está en un avanzado estado de preñez. El ofensor no quiere casarse con ella. Es el momento en que don Quijote ayude a una menesterosa. Se produce el desafío, pero los duques hacen que, en lugar del ofensor, que se ha fugado, luche contra don Quijote el lacayo Tosilos y que este lo venza. Pero el simpático Tosilos ve a la joven y preñada Rodríguez y se enamora de ella, con lo que se deja derrotar por don Quijote para que lo casen con la muchacha. Después conoceremos que los duques se han vengado de Tosilos por no obedecerlos y le han degradado de lacayo a cartero.

Los acontecimientos históricos de la España contemporánea son reflejados por Cervantes en esta Segunda parte con mayor profusión que en la primera, como sucede con la expulsión de los moriscos, que se produjo mediante sendos decretos reales de 1609 y de 1613. Así, Sancho se encuentra con el tendero de su pueblo, Ricote el morisco (cap. 54), que está vestido de peregrino acompañado de unos alemanotes; ha tenido que salir del país por la expulsión y ha ido a Alemania, pero ahora ha regresado para volverse a ir con su familia y con un tesoro que ha dejado escondido. Su salvoconducto para caminar por España son unos huesos de jamón y una enorme bota de vino, prueba de su no pertenencia a la raza maldita. La actitud de Cervantes ante el problema no parece ser la oficial, porque hace decir a Ricote: «Dondequiera que estamos, lloramos por España». Se expresa una solidaridad con el pueblo expulso, ya que Cervantes destaca sólo los aspectos humanos del desarraigo. La historia se reanudará, mas tarde en Barcelona, donde aparece la hija de Ricote, la bella morisca Ana Félix, y un joven cristiano de su pueblo, don Gaspar Gregorio que, enamorado de la joven, ha preferido salir con ella al exilio superando las barreras étnicas y religiosas, aunque Ana Félix, al contrario que su padre Ricote, se había vuelto previamente cristiana. Reunidos de nuevo caballero y escudero deciden abandonar a los duques no sin recibir antes don Quijote la visita de Altisidora que finge estar enamorada de él. Cervantes no permite que se queden en la corte palatina de los duques como bufones eutrapélicos y les da la libertad: Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asunto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho le dijo:

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres” (II. 58).

Se ponen en camino y les ocurre después un encuentro con unos toros, que atropellan a don Quijote (cap. 58). Llegan a una venta donde el caballero se entera de que existe impresa una segunda parte sobre un falso don Quijote (cap. 59). Para desmentir al autor apócrifo y dejarlo por embustero, don Quijote decide no ir a Zaragoza y se encaminan a Barcelona. Cervantes incorporará más adelante a su novela al personaje de don Álvaro Tarfe, creación del Quijote de Avellaneda.

En el capítulo siguiente se encuentran con un auténtico héroe, ante el cual la figura de don Quijote palidece, el catalán Roque Guinart (Rocaguinarda), un personaje histórico, un bandolero que por entonces asolaba Cataluña. Se intercala aquí el episodio de Claudia Jerónima y Vicente, otro «caso de amor», en el que la protagonista mata por celos infundados a su amado. Don Quijote llega a Barcelona con un salvoconducto de Rocaguinarda y allí es acogido por don Antonio Moreno, que le muestra la cabeza encantada (caps. 61-62). Visitan la que se ha identificado como imprenta barcelonesa de Sebastián de Cormellas donde se está imprimiendo el falso Quijote de Avellaneda, y asiste en la playa de Barcelona a la captura de un bergantín pirata. Es el momento en el que se reanuda la historia de la morisca Ana Félix.

En el capítulo 64 es vencido don Quijote en la playa de Barcelona, por Sansón Carrasco, ahora disfrazado bajo el nombre de El Caballero de la Blanca Luna, el cual le obliga a volver a su aldea y a renunciar durante un año a sus veleidades caballerescas. Pero Sansón no logra que don Quijote reconozca que Dulcinea no es la mujer mas hermosa de la tierra. Ella es la más hermosa y él el caballero más desdichado por no haber sabido defender, con la fuerza de su brazo, su verdad. Apenado, deprimido y desnudo de sus armas, emprende el regreso a su tierra y piensa entonces en hacerse pastor (cap. 67): son los dos ideales del Renacimiento fracasados, la caballería andante y el mundo feliz de la Arcadia. Pasa de nuevo por el palacio de los duques donde le siguen haciendo burlas, a costa de Sancho y de sus azotes. Antes de llegar a su pueblo, siente tristes presagios. Se siente enfermo y agotado, al borde de la muerte. Pero antes de morir, recupera la razón, se convierte en Alonso Quijano el Bueno, hace su testamento y muere.

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